Esperando a Godot

Hace años atrás, mientras cursaba la enseñanza media, el profesor de literatura me encomendó leer una obra dramática titulada Esperando a Godot, con la alegría de descubrir que era breve y sencilla de entender (los diálogos y escenas parecían básicos), emprendí la lectura sin mayores reparos. Al poco andar pude comprender su mensaje y la errada posición que tenía al aproximarme a él.

Los diálogos eran en su mayoría inverosímiles, de vez en cuando se apreciaban profundas conversaciones de tipo filosófico que ciertamente me dejaban perplejo. Los diálogos eran trágicos, otras veces cómicos, pero siempre, siempre “absurdos”, sinceramente toda la obra parecía no tener lógica (al menos no una sencilla), no porque no tuviera un hilo conductor, sino por los diálogos y escenas que se presentaban a través de la historia. Conversando posteriormente con el profesor, supe que esta obra escrita por Samuel Beckett se enmarca dentro de lo que la crítica denomina “teatro del absurdo”, que recoge la filosofía existencialista, la cual describe una existencia humana sin sentido que se torna absurda por la incapacidad comunicativa de las personas convirtiendo a los diálogos en “profundas cuevas productoras de eco”. Hay una incapacidad vital subyacente dado que se siente lo real como absurdo porque el hombre reconoce que es incapaz de explicar su existencia. Para tal corriente del pensamiento los diálogos humanos no son verdaderos, ya que no hay compromiso con una vida carente de sentido. A modo de ilustración, en la existencia pasaría algo similar a la escena siguiente, guardando las proporciones:

Un hombre se encuentra con un antiguo amigo y le dice -¿vamos a aquel bar y conversamos?-, el amigo responde –ya! pero tratemos que la pintura quede bien-. Respondiendo finalmente el primero -¡obvio que comeremos!-.

Si nos fijamos en el ejemplo anterior claramente el diálogo es absurdo, puesto que las respuestas que se esperaban no se dieron, quizás tenían alguna relación (o ninguna realmente) y seguramente procedieron a realizar alguna actividad, pero sin el compromiso, cohesión o intención vital necesaria para darle significado al encuentro.

Esta tesis de la existencia humana dejó huellas en mi vida y los pensamientos reiteradamente se espaciaban ante tal posibilidad aterradora: la vida sin sentido, la vida absurda.

En Esperando a Godot se espera a un tal señor Godot y la pobreza del lenguaje y ambiente son abrumadoras, la esperanza de un salvador se agota día a día. La esperada venida del señor Godot sacaría de la vacuidad existencial a los dos principales personajes; Vladimir y Estragón. Pero el tal Godot nunca llegó, aunque sí lo habían anunciado y lo esperaban. Desdichados personajes, tuvieron que vivir las más profunda tragicomedia, la de sus vidas.

Tengo en mis manos la edición inglesa de la obra, se titula “Waiting for Godot” y puedo comprender una similitud de palabras, Godot con God, que traducido al español significa Dios, y es justamente con estas palabras claves donde hoy este libro de la atea filosofía existencialista cobra profundo significado para mí, y me atrevo a decir también para muchos. Significado que viene dado por la presencia o no de Dios en nuestras vidas, de la aceptación o rechazo, y de la posterior actitud que se adopta frente a la vida.

Samuel Beckett quiso ridiculizar la idea cristiana de Dios y de la pronta segunda venida de Jesús para rescatarnos de esta ruinosa vida. Adoptando la posición de aquel que no tiene esperanza, extrapoló y universalizó su singular visión de mundo, no sin antes basarse en certeros hechos humanos.

El señor se esperaba porque existía, el drama no estaba ahí, el verdadero drama estaba en los personajes, en aquellos que esperaban. Recuerdo uno que quiso ahorcarse, por su nula expectativa de vida. El problema no fue la aparente demora, el problema fue la actitud de vida del “absurdo” par.

La vida puede ser aquella ilustrada en el citado libro, pero sólo para aquellos que niegan a Dios. Mas para aquellos que lo reciben, que viven conforme a su Palabra y esperan el “rescate”, la existencia se vuelve plena de sentido. Jesús resucitado es un salvador que nos visita diariamente a través de su Santo Espíritu, y nos revela el verdadero sentido existencial. Sabemos porqué estamos aquí, sabemos a donde vamos.

La vida sin Él no tiene sentido, la ausencia de Él provoca vanos diálogos, vacías experiencias. Que triste es la condición de aquel que gritando en un oscuro túnel, no oye más que su propia voz en desesperante eco y buscando la salida que ilumina los pasos, tropieza siempre en los mismos escollos. De verdad ese hombre necesita un guía que, conociendo aquel túnel de profunda vastedad, esa vastedad provocada por la separación con Dios originada por el pecado, pueda conducirlo a claro camino, allí donde brilla el sol.

Muchas veces el individuo siente el vacío de las palabras, palabras arraigadas en la mente,  mente que controla la vida, no existe el diálogo Creador. Pero basta observar la naturaleza, el cielo estrellado para darse cuenta que sí hay un mensaje, una Palabra, un Verbo que siempre ha estado, basta arrodillarse  pedirle al Padre y Él responderá. ¿Qué padre hay que si su hijo le pide un pan le da una piedra?. La relación que se puede establecer con Dios tiene congruencia, se revela un sentido. No se produce el absurdo existencial.

La creencia en Dios viene por la fe y la fe por “escuchar” la palabra, al leer la Biblia se revela un misterio que vivifica el corazón y trastorna (para bien) la vida.

Aquel que tiene el “sin sentido” arraigado en lo más profundo de su corazón, debe saber que sólo acercándose y aceptando a Dios la vida toma otro rumbo; debe saber que el “Sentido de Vida” es poderoso. Y aquel que ya cree en Cristo, que creó los cielos y la tierra, persevere en su relación, porque Él vendrá a buscar a aquellos que lo esperan.

 

Puedo decir con autoridad que Samuel Beckett se equivocó, que la vida sí tiene sentido, un sentido que trasciende al Carpe Diem, y que lo único absurdo y por ende incomprensible es el temor y el odio, que nos sume en triste condición y nos esclaviza con cadenas violentas. Pero está Aquel que venció al pecado, que destruye esas cadenas que lastiman, y que cambia el corazón y la mente, Él vive y viene pronto. Yo lo espero, no como Vladimir y Estragón, yo lo espero con esperanza, yo lo espero realmente vivo.

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Article by juangutierrezq

Felizmente casado, Fan de , Ingeniero, actualmente trabajando Project Manager y obrero honorífico de sitio @necesitoacristo dot com

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